Me cuesta levantarme y lo último que me apetece es tener que coger tren y metro para empezar la optativa a las diez de la mañana. Aún así lo hago, y no sólo porque debo, sino porque tengo la sensación de que va a merecer la pena.
Después de dos horas en que descubro, entre alguna que otra lagrimita, lo que es Pallapupas y después de una explicación de los contenidos de la asignatura; empieza la acción.
Sillas fuera. El ruido estridente de las patas de las sillas rozando contra el suelo me acaba de despertar y ahora ya estoy lista para lo que venga.
Caminar sin un rumbo fijo por la sala, en silencio, me activa la mente. Me fijo en las expresiones de la gente: algunos siguen dormidos, los jueves universitarios pasan factura, noto que otros están inquietos o puede que vergonzosos porque no me aguantan la mirada más de dos segundos seguidos. Stop. Debería haberme fijado más en su atuendo y menos en sus sensaciones, porque no doy ni una. Señalo a la derecha y la chica de las zapatillas granates está justo delante mío. Pero no me arrepiento, intentar descubrir las emociones de la gente a través de sus miradas crea una conexión que hace que el barco no se hunda; el aula está en equilibrio, ni un hueco de más ni uno de menos.
Me doy cuenta de que esa es la base de todo hospital, que debe ser un barco equilibrado y dinámico, donde cada individual es esencial para crear el colectivo, para mantener el barco a flote.
Ahora, buscad una palabra que os defina y que empiece con la misma letra que vuestro nombre. ¿Ya? Judit, juerguista. No se me ha ocurrido nada más, la J es difícil. Pero esto es lo que me voy a encontrar día a día: situaciones condicionadas a las que tendré que encontrarles la mejor solución posible.
Y seguimos aprendiendo, sí, digo aprendiendo porque es lo que hacemos cuando conocemos a los demás. No lo sabemos, pero hoy nos iremos a casa sabiendo un poquito más de cada una de las personas que se encuentran en este aula.
Me sorprende Q. Es un chico tan tímido, ¡y ha sido el que ha dejado el risómetro más alto en el ejercicio por parejas! Me gusta que la gente pierda el sentido del ridículo, creo que tenerlo es algo inútil siempre y cuando seamos mínimamente razonables; pues ninguna situación es igual a otra.
Acabamos de conectar, nos miramos, uno, nos escuchamos, dos tres, nos tocamos, cuatro, y reímos, reímos mucho y juntos.
Veinte. Hasta la próxima sesión.
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