Cuando les explico a mis amigos y amigas que estoy haciendo una asignatura que se llama Pallassos d'Hospital, la conversación siempre torna en el mismo sentido:
- ¿Y lleváis nariz de payaso?
- Sí, bueno, nos la ponemos cuando es necesario.
- Pero, ¿vais al hospital a hacer reír a los niños?
- No... primero tenemos que encontrar nuestro "clown". Pero escucha, ¡los payasos de hospital no sólo hacen reír a los niños!
- ¿Y a quién si no?
Y entonces es cuando me gustaría que apareciesen Oxígena y Pacocetamol, para que mis amigos se dieran cuenta que, si sólo trabajasen con niños, se sentirían niños de nuevo.
Pero igualmente, vayamos a los niños. Porque me gustan y porque quiero. Me pongo en la situación de estas pequeñas personitas, como buena futura pediatra, y me imagino el momento en que dos curiosos personajes aparecen por la puerta: batas blancas, como los médicos, pero con flores, pájaros y caritas sonrientes dibujados en ellas; unos atuendos bajo esas batas a cual más peculiar; y unas grandes y brillantes narices rojas en medio de su cara. Lo primero que me ocurriría, sería un cambio de actitud, para bien o para mal, pero un cambio. Buena señal, funciona. ¿¡Y quién no cambiaría de actitud en una inesperada situación como ésta!? Niños, ancianos, adolescentes, adultos, jóvenes,...
Parece increíble, pero Oxígena y Pacocetamol no dejan de ser ellos en ningún momento. Es entonces cuando entiendo que el "clown" no se crea, sino que siempre está ahí y sólo hay que descubrirlo y explotarlo. Y para ello, no sirve con proponérselo, no es "hago ¡CHAS! y aparezco a tu lado"; hay que jugar con él, experimentar, coger experiencia, y esforzarse por lograr lo que estamos buscando (como cualquier cosa en esta vida).
Pero volvamos a los niños. No es la primera vez que tengo contacto con este tipo de payasos, pues mi primera vez fue de bien pequeña. Una vez al mes iba al hospital y allí estaban ellos, entrando y saliendo de las habitaciones, riendo en el pasillo, jugando, apoyando,... Y pensar que, con sólo verlos de lejos, ya me alegraban las mañanas, mi miedo por las agujas se iba tan lejos que ni recordaba que existía, la preocupación de no estar en el colegio con mis amigos se transformaba en unas ganas locas por hacer amigos dentro de aquel hospital. Todo cambiaba. Y si lo hacía para mí, ¿cómo debía ser para aquellos niños que tenían la suerte de estar cada día con ellos? Sí, digo suerte. Porque estar a esa edad encerrado entre las cuatro paredes de una habitación de hospital tiene que ser como entrar en un túnel interminable del cual no ves la salida, pero de repente te entregan una linterna con la que puedes iluminar el interior del túnel, y descubrir que la búsqueda de la salida puede ser más divertida y entretenida de lo que jamás pudiste imaginar.
Eso son, son linternas, para los niños, para sus familias, para el personal sanitario y para todos aquellos que quieran y necesiten su presencia. Imprescindibles linternas, que alumbran el mundo con su roja nariz.