Llegamos al final, y siento que no estoy preparada para despedirme.
Recuerdo el primer día:
Expectantes
nerviosos
algunos adormecidos
y todos vergonzosos.
Hoy:
Impacientes
eufóricos
más activos que nunca
y hechos unos sinvergüenzas.
Haciendo un recopilatorio mental, puedo ver, y no sólo en mí, lo mucho que hemos cambiado en sólo ocho sesiones. Creo que somos grandes personas, pues hemos conseguido mucho, y hemos hecho una introspección tan grande que ha hecho que nuestra visión del mundo pase de un ángulo agudo a uno obtuso sin prácticamente darnos cuenta.
Sabiendo lo mucho que puede significar esto para cada uno de nosotros, y lo que nos puede mejorar como personas y como profesionales de la sanidad, multipliquemos este efecto por los "veintitantos" que somos. Y ahora volvamos a multiplicarlo por todas aquellas personas a las que podremos transmitir alguno de los conocimientos que hemos aprendido estos días.
No quiero hacer mucha más conclusión de este periodo pues, como ya he dicho, no me quiero despedir. Sólo quiero decir que durante estos días he sido feliz, por recuperar la espontaneidad que echaba de menos en mi vida, por recuperar la sensación de pasión por algo, de hacer las cosas porque me gustan hasta el último centímetro de mi piel.
Yo sólo sé que ahora mismo soy como un tulipán: cada noche me encierro en mí misma y reflexiono sobre mi día, pensando en cómo puedo mejorar para mañana; para abrirme de nuevo cuando salga el Sol y entonces asombrar, dentro de mis posibilidades, a todo aquél que quiera acercarse a mirar.
Y ahora todos somos un campo de tulipanes, dispuestos a abrirnos al mundo para hacerle llegar nuestras ganas, ilusión, entusiasmo, motivación, fuerza. Capaces de querer curar a una persona con el conocimiento de una calavera, la sensualidad de un fonendoscopio y la humanidad de una nariz de payaso. Y deseando, sin duda alguna, compartir y explotar nuestro maravilloso e inigualable sentido del humor (o del amor, ¡qué más dará!).
Gracias mis tulipanes. Gracias narices rojas. GRACIAS.